El acercamiento de los presos etarras que propicia Rubalcaba, las declaraciones de los mediadores internacionales como Brian Currin y hasta la cínica desvinculación de Batasuna de los últimos ataques –cuando nadie duda de que serían imposibles sin su consentimiento– siguen el guión que en su día anunció Mayor Oreja y que entonces recibió críticas feroces, incluso dentro de su propio partido. También Vidal-Quadras –desde las páginas de LA GACETA– quiso prevenir sobre esta negociación presentida, vinculándola a la necesidad de Zapatero de contar con el apoyo de los partidos nacionalistas para aprobar los próximos presupuestos este otoño. Y es que es muy lógico que el nacionalismo llamado moderado quiera imponer al Gobierno central una salida negociada al conflicto, porque serán ellos los principales beneficiados de todas las concesiones de soberanía que se consigan en un hipotético acuerdo de paz.
Mutatis mutandis, tampoco Cataluña es ajena a este proceso, porque los nacionalistas catalanes se han apresurado a recoger las nueces con la misma fruición que sus colegas vascos, y por eso su muchachada radical ha pretendido ese homenaje a las etarras en Barcelona. Nada de esto sería posible sin la complicidad del socialismo periférico, acomplejado o víctima de alguna variante del síndrome de Estocolmo, porque de otra manera no se entiende que el alcalde Jordi Hereu sea capaz de agachar la cabeza mientras en las fiestas de su ciudad se rinde homenaje a la asesina de Ernest Lluch, su compañero de partido. Ha tenido que ser la Audiencia Nacional la que impida este nuevo insulto a las víctimas, y todavía está por ver cómo la Generalitat hace cumplir esta resolución.
Tras los últimos ataques, también el socialismo vasco ha tenido que rectificar y admitir que las informaciones de LA GACETA sobre la reactivación del terrorismo callejero eran absolutamente acertadas. Quizá tampoco falte mucho para que las descalificaciones a Mayor Oreja se tornen en argumentos para apuntalar la misma negociación que ahora se niega. Lo hemos visto antes, en estos más de treinta años de democracia cuestionada y condicionada por los matones de ETA y sus cómplices nacionalistas. Perversa dinámica que la debilidad y el buenismo de Zapatero no han hecho sino agravar, y que no cesará hasta que la banda sea derrotada sin contemplaciones o, por el contrario, hasta que consiga que España acepte sus reivindicaciones, muchas de las cuales ya se encuentran, por ejemplo, en el Estatut catalán.
La banda terrorista aumenta la presión al Gobierno con ataques de terrorismo callejero. Los jóvenes etarras actúan en cinco localidades en sólo 20 días
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