jueves, 26 de agosto de 2010

Alicia en el país de los talibanes. ¿Pero no decían Zapatero, Chacón y Moratinos que no había 'guerra' sino 'misión de paz' en Afganistán?

Alicia en el país de los talibanes
El asesinato de dos guardias civiles y su intérprete en Qala-I-Naw a manos de un talibán infiltrado y el intento de los insurgentes de asaltar la base muestran dos inquietantes evidencias.
La primera es que el Gobierno no aprende, y no aprende porque no sabe Historia: episodios como ése –musulmanes infiltrados en la llamada Policía indígena– jalonaron la guerra de Marruecos hasta culminar en la gran traición del desastre de Annual (1921). Cambian los tiempos, pero las dinámicas de la traición siguen siendo las mismas.
La segunda evidencia es que si instruir a los afganos está siendo tan arduo y tan peligroso, tenemos guerra para largo, porque está claro que a la OTAN le está saliendo cara su estrategia de transferir de forma progresiva la responsabilidad a las autoridades de Kabul. El optimismo exhibido por el general Petraeus es puro marketing y creer en que un Ejército afgano podrá sustituir a la fuerza aliada es Alicia en el país de las maravillas (en este caso, el país de los talibanes). Estamos cansados de ver la escena: un día es la foto de guerrilleros que entregan sus armas, y al día siguiente, esos mismos muyahidines desertan o atacan. Las puñaladas traperas y los abandonos están a la orden del día. El mando aliado pretende zanjar el conflicto con una transición a la democracia, pero la cosa no es tan fácil. Nada en esta compleja guerra lo es, a pesar de los esfuerzos del Gobierno español por minimizar un conflicto que se ha cobrado casi un centenar de muertos. Una actitud acorde con el voluntarismo pacifista de Zapatero, cuyo ministro del Interior negó inicialmente que un grupo de 200 insurgentes tratara de asaltar la base española hasta que, desbordado por los hechos y las imágenes en Internet, no tuvo más remedio que admitirlo.
Afganistán ha sido una de las grandes contradicciones ideológicas de la era Zapatero, marcada por la demagogia irenista desde el minuto uno, cuando se estrenó ordenando retirar las tropas de Irak y nombrando a un ministro que predicada la rendición (“es preferible morir antes que matar”). Llegó al poder presentándose como la antítesis del belicista Aznar y nos mantiene en un conflicto con casi un centenar de muertos y que a diferencia de Irak, de la que se acaba de retirar el contingente militar americano, no sólo no tiene fecha de caducidad, sino que se ha vietnamizado. Es cierto que la tozudez de los hechos, en forma de desfile de féretros, ha obligado al Gobierno a ir sustituyendo el obsceno eufemismo (“misión de paz”) por la afirmación de la evidencia (“misión peligrosa”), pero aun así no se apea del burro de su pacifismo ni reconoce explícitamente que Afganistán no es una excursión de boy scouts ,sino una guerra en toda regla.
La muerte de los dos guardias civiles es un episodio más de un largo rosario de acciones bélicas en las que nuestras tropas han acabado de sangre hasta la cejas. No estamos ante una acción policial, sino ante una guerra. Aunque sea una guerra contra el terrorismo. ¿Cómo calificar si no refriegas de seis horas contra guerrilleros afganos, como la que libraron nuestros soldados hace casi un año, llegando a matar a 13 talibanes? Si eso no es un combate, el Diccionario de la Real Academia debería actualizarse. Lo que ocurre es que el Gobierno hace lo imposible por disimular lo indisimulable. Ayer se vio que tal pretensión es quimérica. Estamos instalados en un volcán de sangre y traiciones, y ni siquiera controlamos la situación: el talibán infiltrado llevaba cinco meses trabajando como chofer y hombre de confianza de uno de los oficiales asesinados
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